El chantaje (Construcción literaria, para Diplomado de Español)


Había fuego en su mirada mientras avistaba el reloj. No sabía con certeza a qué hora se presentaría, pero a él simplemente no le quedaba más remedio que esperarla ahí. Lo tenía atrapado por todas partes. Lo que estaba sucediendo era repugnante, inadmisible, absurdo.

Se mesaba el cabello con desesperación. ¿A qué hora llegaría? ¿Cuánto dinero le pediría? ¿Le entregaría el video de su culpabilidad? Y si se lo entregaba, ¿quién podía asegurarle que ella no lo hubiera reproducido?

Ya no era tiempo de arrepentirse, las cosas estaban hechas... y videograbadas. Pero se lamenta­ba haber aceptado su invitación aquella noche. ¡Maldita noche funesta, culpable de todas sus congojas actuales y futuras! Quién iba a pensar que se estaba enredando con una chantajista. Quién iba a imaginarse que detrás de esa cara angelical se escondía el ser más perverso del mundo... Y pensar que durante días sólo la tuvo a ella en el pensamien­to, en las cosas que le diría en su próxima cita. No lo podía creer.
Justamente esa misma mañana se había levantado lleno de optimismo para irse a trabajar. Más tarde, estando en la sala de juntas con los socios del bufete de abogados donde comenzaba a hacer una carrera prometedora, le pasaron la llama­da. A pesar de que en estas juntas se daba la orden de no aceptar llamadas personales, había sido tan astuta que inventó que lo llamaban de parte de su esposa por un asunto de suma urgencia. El director, alarmado, le dijo que tomara el teléfono al tiempo que se mantenía atento a su reacción, preparándose para ofrecerle su ayuda en caso de necesitarla.

Cuando escuchó las melosas palabras de "te tengo una sorpresita", él todavía le dijo que fuera breve porque estaba en una junta importante. El director, que lo observaba atentamente, lo vio palidecer y desvanecerse en su asiento, imaginando que algo grave había sucedido en su casa.

¿Podemos ayudarlo en algo, Ricardo?
No, no señor. No se preocupe. Son cosas que pasan en un matrimonio... —dijo sin saber qué decir o qué inventar.
¿Prefiere retirarse para que continuemos con la junta?
Sí... Sí, señor —contestó balbuceando.

Se dirigió a donde ella lo había citado. Extraño lugar, la cabina del cajero automático de un banco. Después de varios minutos de espera y de moverse de un lado a otro para permitir que los tarjeta habientes hicieran uso de la máquina expedi­dora de dinero, llegó ella fresca y despreocupada.
Al verlo dentro de la cabina, exclamó riéndo­se con burla:

¡No tenías que meterte a la cabina! Te dije "donde está el cajero automático", ¡no adentro! —y seguía riéndose.

Ricardo pensó: "la descarada, todavía se ríe encima de que pretende chantajearme..." —¿Qué deseas? ¿Cuál es la urgencia? —le preguntó seca­mente.

Te tengo una sorpresa, mi amor. Un video fabuloso que te tomé sin que te dieras cuenta. ¡Pero me vas a tener que pagar una fortuna si lo quieres...! —le dijo con una sonrisa picaresca.

¿Y cómo sé que es el único, que no has sacado copias?
¡Claro que tengo una copia! Yo también quiero conservar tu "galanura" en el video. ¡Sales tan guapo...!

Se montaron en el auto y se dirigieron a la casa de ella para ver la cinta. Ricardo se imaginaba todo lo que perdería si esa película se llegara a conocer. Pensó en su esposa y sus queridos hijos, la empresa a la que había entrado a trabajar después de tantos esfuerzos para pasar las pruebas. En este tipo de bufetes jurídicos, el prestigio de los asociados era de primordial importancia, por eso pagaban una fortuna a sus empleados. Todos debían ser absoluta-mente rectos y respetables en su vida íntima y pública. Él había cumplido con todos los requisitos de rectitud, integridad, probidad, honradez, decen­cia y moralidad, y esta mujer estaba a punto de echar a perder lo ganado y a desprestigiarlo por el resto de su existencia. ¡Lo perdería todo! pensaba en el trayecto, incluyendo esposa e hijos, para quienes sería una vergüenza saber que no era el padre ejemplar que creían que era. Ya se imaginaba estigmatizado y abandonado por todos para siem­pre. El futuro ahora se le presentaba de lo más negro y deprimente.

Finalmente llegaron al lujoso edificio donde ella vivía. Ricardo acomodó el auto en el estaciona­miento subterráneo que se encontraba desierto a esa hora. Pensó que ése sería un buen lugar para estran­gularla y borrarla de su vida; pero se detuvo ante la idea de que tendría que dejar su cuerpo muerto por ahí en alguna parte y que correría el riesgo de que la encontraran mientras él subía al departamento a buscar los videos. No, no era buena idea deshacerse de ella todavía. Mej or esperaría a que subieran.

Ya en el departamento, ella trajo un par de copas y se sentaron en el sofá de la sala frente al televisor. Con el controlador en la mano, le pregun­tó:

¿Qué me vas a dar por verlo?
¿Tengo que pagar por verlo y luego pagar por tenerlo y volver a pagar por la copia que hiciste? ¡Maldita! ¡Quieres arruinar mi vida! —gritó lan­zándose sobre ella al tiempo que la prendía por el cuello apretando con todas sus fuerzas. Después de que las vértebras del cuello tronaron entre sus pesadas manos, sintió cómo la chica fue perdiendo el aliento hasta dejar de respirar totalmente. La había matado.

Se levantó para recuperar la compostura y tomó el controlador de la mano de ella. Encendió la videocasetera y se dispuso a ver el video antes de destruirlo. Aparecía él caminando en la calle, él tomando una copa en un bar, él saliendo de su oficina... Él era el único personaje que aparecía en el video. ¡No había nadie más! Nada tenía de ver­gonzoso; en todas las escenas aparecía elegante­mente vestido y se conocía que la chica se había pulido tomándole acercamientos de todas sus poses de galán triunfador. Ahora se acordaba que ella estaba asistiendo a un curso de cinematografía y lo había tomado a él como modelo...

Se llevó las manos a la cara. ¡Qué había hecho! ¡Había sido una muerte inútil! Estaba deses­perado. Se acercó a ella para revivirla, pero era tarde. La chica ya había tomado un tinte transparen­te y su muerte era irremediable. Se dispuso a sacar la cinta de la videocasetera y a buscar por todas partes la copia que había dicho que tenía. La encon­tró a un lado del televisor. Afortunadamente no había dejado rastros de su presencia en el departa­mento ni nadie lo había visto entrar, pero por si acaso, limpió con su pañuelo las huellas digitales de la copa que le había ofrecido y todas las que podría haber de él dondequiera que hubiera puesto las manos.

Salió de nuevo por el estacionamiento y en el camino se detuvo en un lote baldío a quemar los videos. Se lamentó por haberla asesinado, pero ahora no debía quedar una sola prueba de su amis­tad con esa mujer. Después de destruirlos, se sintió libre y descansado. Se dirigió a un bar de lujo a tomar una copa para recuperar la integridad. Después iría a comer con su familia tranquilamente, y en la tarde se presentaría a trabajar como si nada hubiera pasado ese día. En el fondo se felicitaba por su buena fortuna. Todo seguiría igual.

Esa noche, en su casa, ya en la cama junto a su esposa, recibió una llamada misteriosa y aterra­dora a la vez. Era una mujer que se identificaba como la empleada doméstica de la muerta, quien comenzó a explicarle que la chica acostumbraba dejar su cámara de video funcionando encima del televisor...

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